martes, 11 de agosto de 2009

ANDALUCÍA, LA GLOBALIZACIÓN Y LOS PRODUCTOS ANDALUCES (UNOS APUNTES DE “¿YO? ¡PRODUCTO ANDALUZ!” PARA LA REGENERACIÓN MORAL Y ECONÓMICA DE ANDALUCÍA)


Con frecuencia se emplean términos dando por sentado que los mismos sólo responden a las connotaciones negativas que un mal o incompleto uso reiterado de ellos ha terminado por asignárseles. Pues bien, esto es lo que ocurre con la palabra “globalización” en Andalucía, donde, por desgracia, se encuentra generalizada una actitud cuando no de abierta hostilidad, si, al menos, de gran desconfianza hacia este fenómeno.

En efecto, en Andalucía, se ve a la globalización como algo de lo que hay que defenderse; y la causa de ello es el apego hacia un sistema de ideas y valores que, aunque se pretenda teñir de un falso progresismo, no es sino el reflejo de unas instituciones que se niegan admitir la necesidad de cambiar la mentalidad frente a un mundo en cambio.

Y es que, aunque desde el gobierno de la Junta no se quiera entender, la globalización no es meramente una revolución económica y cultural, sino también intelectual y espiritual, y como tal, exige un cambio de actitud hacia el mundo que nos rodea, lo que supone ver oportunidades donde la carcunda de los gobernantes de nuestra tierra únicamente ve peligros de los que hay que protegerse cavando trincheras.

Con unos sencillos ejemplos, podremos entender perfectamente esta situación. Son de todos conocidas las típicas campañas de la Junta de nuestras entretelas del estilo “Andalucía está de lujo”, en las que se promociona de forma exclusiva un tipo de producto “supermegaextra”, del tipo de las “delicatessen”, al que, claro está, la mayor parte de los potenciales consumidores no puede acceder, tanto más en unos tiempos de crisis económica como los que corren. ¿ Acaso ese trasnochado proteccionismo puede merecer el calificativo de progresismo? Es evidente que no, y ese el problema de Andalucía no sólo en el ámbito económico sino, también, en todos los otros, la ausencia de una apertura mental hacia un mundo en continua y plena transformación que no va a pararse porque nosotros lo hagamos.

¿ Por qué, en vez de anclarse en ese ridículo tradicionalismo retrógrado, no se invierten sus esfuerzos, por las instituciones representativas de nuestra tierra, en potenciar la generación de productos que se adapten no sólo al bolsillo de los consumidores sino, también, a sus exigencias de nuevos tipos de productos (por ejemplo, los “light”) ?

Así, verbigracia, ¿ por qué no se financian, por la Junta, investigaciones tendentes a conseguir que nuestros vinos puedan bajar su graduación alcohólica, manteniendo la esencia de su sabor y propiedades organolépticas?

El problema de los productos andaluces no es, en el fondo, sino, admitámoslo de una vez por todas, el de una sociedad hundida en la cultura de la subvención del inmovilismo, que ve el progreso como un enemigo. Es como si se pretendiera participar en una carrera ciclista teniendo en la rueda trasera esas ruedecitas que se ponen a los niños pequeños para que no se caigan; está claro que, así, no hay manera de competir, y, por eso, mientras otras autonomías van reduciendo las distancias que les separaban frente a las más desarrolladas, la nuestra va distanciándose cada vez más de estas últimas. Y es que, siguiendo, con el símil, lo que hay que financiar no es poner “ruedecitas” en la bicicleta, sino el quitarlas, y asumir que, para avanzar, hay que dar por sentado que hay que aceptar el riesgo de caerse, y que, cuando eso ocurra, tendremos que levantarnos, sin pararnos a lamentarnos.

Está claro que es ese miedo institucional, ese inmovilismo, sí, dejémonos de tapujos, “cagón”, que tiene pavor al cambio en todos los órdenes el que nos tiene sumidos a los andaluces en el vagón de cola del tren de los países europeos.

Todo ello hace de la sociedad andaluza una sociedad profundamente enferma, cuyos cimientos están gravemente atacados por la carcoma de la comodidad, del miedo al cambio, del pánico a enfrentarse a un mundo en permanente y continua transformación, que exige de nosotros lo mejor, y, por tanto, desterrar los insanos hábitos derivados de una cultura de la “paguita” y de la “subvención al quedarnos como estamos”. Es, para Andalucía, necesario y urgente conseguir situar sus productos dentro los circuitos de las grandes superficies, que es, donde nos guste o no, se libra la gran batalla por conseguir cuotas de mercado.

Ahora mismo, por desgracia, la presencia de los productos andaluces en dichos circuitos comerciales no pasa de ser meramente testimonial, siendo ese escollo lo primero que tenemos que superar para ponernos al nivel de otras comunidades autónomas tanto en cuanto a autoconsumo de nuestros propios productos como en lo relativo a la venta de los mismos fuera de Andalucía.

Sin embargo, la Junta, enrocada en el manifiesto fracaso de ese triste engendro denominado “Productos de Andalucía”, sigue potenciando un elitismo en el que no tienen cabida la inmensa mayoría de los empresarios y autónomos de Andalucía, a los que se les excluye, digámoslo tal como es, por ser pobres y no poder aportar las ingentes cantidades que, desde la Junta, se exigen para poder tener acceso a tal plataforma, que, pese a ser pública, sólo admite a los más ricos, y esto es a los que los gobernantes de nuestra tierra, en un prodigioso alarde de cinismo, poniéndose medallitas de progresistas, llaman economía social de mercado.

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